Soñadoras
Calificación:
He visto malas películas en los últimos meses –el recuerdo más fresco que tengo es la sobrevalorada Borat–, y, para ser honesto, tenía años de no sentirme tan agobiado, desesperado e impaciente al ver una película. Ver Dreamgirls (título en inglés) ha sido, para mí, una experiencia dolorosa. Se podría decir que fui hasta masoquista por haber aguantado sus dos horas con once minutos de duración. Después de un arranque prometedor la cinta sencillamente se estancó y se volvió –casi literalmente– intolerable. Después de este breve desahogo vamos a repasar un poco el asunto –y terminaré de escribir esto lo más pronto posible porque sólo recordarme del filme me provoca una ansiedad nada reconfortante–.
Que ni me pregunten cómo ni cuándo es que esta película –según sondeos en internet– resulta entretenida, inspiradora y con buen ritmo, porque como podrán observar, no tengo ni la más mínima idea. Arranca bien, con buen ímpetu y con una energía contagiosa, pero cuando la cinta comienza a introducir y desarrollar todos los conflictos que enfrentan los personajes, de entrada se percibe la irregularidad que desprenden todas las situaciones. Todo el meollo gira en torno a estas tres chicas que buscan fama y reconocimiento. Por ahí se introduce, además, el trasfondo de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos de la década de los sesenta, el cual busca darle seriedad y contexto al filme, pero ni la historia de estas chicas es interesante ni los referentes a la época son contundentes.
Toda la mezcla es, sencillamente, un desastre. Personajes pésimamente desarrollados, canciones irritantes, actuaciones olvidables –todas, porque ninguna se salva– y el diseño de producción (lo único rescatable) únicamente correcto, no memorable. Esos “te amo” que se dicen los personajes, por ejemplo, todos son sin vida, sin la más mínima chispa de emoción, gracias a un desarrollo hueco y pomposo de estas relaciones, en donde se supone que, siendo las detonantes de varios de los conflictos del filme, deberían de tener un impacto dramático sólido, pero al final ni una cosa ni la otra. Todo el trabajo más parece un grito ahogado de la jovencita protagonista por haber sido rechazada en el programa American Idol –que como cantante lo hace bien, porque hay que darle al César lo que es del César–, existiendo la película, me parece, como una forma de mostrarle al mundo que la señorita, después de todo, sí puede cantar. Pero una cosa es cantar, y otra es actuar, y Jennifer Hudson, me disculpan, lo hace mal en este filme. Aquí lo que ha sucedido es que la Academia de Hollywood confundió las profesiones y le entregó el Oscar cuando se le debió haber reconocido con el Grammy (por decir algo). Canta bonito, no lo niego, pero la suya no es una buena actuación –a lo mucho pasará como regular–.
Ninguno de estos personajes es sólido –podría hacer un análisis más detallado para evidenciarlo pero me tendrían que organizar una cena íntima con Bárbara Mori, pues no me apetece, así por así, seguir hablando en detalle de esta cinta–. Creo que los actores hacen lo que pueden pero con un guión tan desorientado es muy difícil elevar la calidad. Se supone, por poner un ejemplo, que el espectador debería sentir genuinamente lo reprimida que se siente Beyonce porque no desea interpretar el papel que le interesa a su esposo (Cleopatra) –y la película le otorga seriedad y protagonismo a ese conflicto, no se puede negar–, pero si esa es la forma en que los realizadores intentan que apreciemos a estos personajes, sencillamente les salió el tiro por la culata -por lo menos conmigo-. ¡Por Dios!, si alguna vez he visto escenas y personajes tan olvidables como el de ella o el de Hudson, ese momento ha sido, indudablemente, viendo Spice World.
De las canciones ni mencionar. Al que le haya agradado esta cinta pues me alegro; yo, en cambio, prefiero ver Borat nuevamente –y eso es decir mucho, tomando en consideración que no le otorgué una calificación muy halagadora–. ¡High five!
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