miércoles 16 de mayo de 2007

El perfume: historia de un asesino

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Es muy difícil para una película retratar el mundo de los olores, al igual que lo es para un escritor desmenuzar dicha experiencia sensorial utilizando sólo la palabra. El universo imaginativo del cineasta no se puede tocar, oler ni saborear, sólo apreciarlo y escucharlo con ciertas restricciones (las que el director o guionista imponga a su voluntad). Lo que un filme puede hacer de manera más eficiente es entregarnos un retrato de la personalidad del protagonista, ahondar en sus deseos, motivaciones o en su perfil psicológico; contarnos sus vivencias inmediatas o de muchos años atrás, su relación con otros personajes, etcétera. Pero no hay duda que lo que hizo Memento para la memoria a corto plazo (un ejemplo perfecto si se trata de transmitirle al espectador lo que el personaje experimenta a través de sus sentidos), El perfume no lo puede hacer para los olores.

Aún así esta propuesta hecha con capital alemán, francés y español (pues no es estadounidense como muchos creen), logra desplegar fascinantes ideas y vivencias utilizando astutamente lo que el medio audiovisual permite, confeccionando un retrato de un asesino que, en pocas palabras, o se odia o se ama (como se suele decir).

Tom Tykwer, director, hace lo siguiente con la primera escena: la cámara, enfocando un primer plano y mediante el uso milimetrado de la iluminación, muestra el rostro de nuestro protagonista cubierto por la espesa sombra de las rejas que lo aprisionan. De pronto, husmeando en solitario y posando desnuda ante los rayos del sol, la nariz sale al descubierto, como inquieta por los olores que se aproximan. La cámara está inmóvil. Segundos después, cuando el silencio parece imponerse como firme soberano del lugar, el singular órgano inhala y exhala a voluntad, estableciendo mediante el recurso sonoro la aguda cualidad que caracteriza a su protagonista: un sobrenatural sentido del olfato.

Pero el filme, a diferencia de la novela, no puede sumergirnos tan profundamente en este fascinante mundo. Los realizadores utilizan tres recursos para intentar llevar a cabo la tarea: uno, los primerísimos planos (extreme close-ups); dos, el audaz manejo del sonido para posicionar sensorialmente la actividad olfativa; y tres, el recurso del narrador extradiégetico, ese que nos narra la trayectoria e interpretación de la vida de Grenouille. Aquí, a diferencia de 300, el narrador es fundamental, pues la mente y el análisis de Jean-Baptiste Grenouille no es tan fácil de descifrar sólo con la actuación u otros recursos.

Como una adaptación me parece que hace un muy buen trabajo, sabiendo aprovechar las herramientas necesarias para retratar al personaje y su mundo. Recomiendo, sin embargo, la lectura del libro para un mejor entendimiento (aunque debo confesar que la novela me resultó muy irregular, extendiéndose en tramos que no son necesarios y olvidándose por momentos de la carretera principal en la que se aventura). Lo que se puede objetar, entre otras cosas, es que el filme cuenta con un abultado metraje (2 horas con 15 minutos de duración), pero la sutileza y buen oficio del director hacen deleitable los pasajes, los cuales nunca se olvidan, como la novela, de avanzar la acción lo más pronto posible, sin redundar demasiado en ciertas etapas de la vida del personaje (como los siete años de aislamiento en la caverna, para los que han leído la novela).

Lo que puedo decir es que la riqueza psicológica de la propuesta no se encuentra en la superficie. El espectador debe interpretar e ir configurando el perfil constantemente. Los elementos están ahí. Se trata, tal como una de las técnicas que utiliza el perfumista, de destilar el relato para extraer su esencia. El tercer acto, que estoy seguro generará pasiones o furias entre los espectadores, será difícil de digerir dada la naturaleza del mismo (es el hipnotismo mejor coreografiado y filmado que he visto en una película), pero el mundo de Grenouille y el efecto de su obra maestra –un perfume que contiene la esencia de doce mujeres vírgenes y una prostituta– debe ser así: una metáfora de las aberraciones que cada uno lleva dentro. Después de todo me parece que todos tenemos algo de Grenouille por dentro.

Esta no es una película para cualquier gusto, pero para todo aquel que aprecie el mundo creado por Süskind (autor del material original), me parece que el filme es –hasta donde el medio lo permite– una entusiasta adaptación. Para aquel espectador promedio que se encuentre por primera vez ante Grenouille, Grasse y Baldini, la experiencia tal vez no resulte tan halagadora –el filme no es como los alimentos procesados que ya vienen listos para digerir–. Este es uno de los raros casos en que no es un personaje y su simpatía o empatía lo que hace fascinante el material, sino las ideas y posibilidades que se despliegan ante tan peculiar historia y trasfondo psicológico. Buena película.




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