jueves 12 de julio de 2007

Harry Potter y la orden del Fénix

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El prisionero de Azkaban, de la mano del mexicano Alfonso Cuarón, marcó una sustancial diferencia en lo que se refiere a la estética visual de este mundo de magos y hechiceros. La orden del Fénix, por su parte, sigue en mayor o menor medida los lineamientos estéticos que ya se establecieron dos películas atrás y marca, en contraste con cualquier otra película de Potter, una divergencia significativa en una faceta que la saga necesitaba a gritos: la sustancia narrativa. Y es que ultimadamente no sólo se trata de narrar un juego de quidditch o mostrar movimientos de varitas por aquí y por allá, sino que a esa narración hay que asignarle un valor dramático, no solo visual. Se trata, en otras palabras, de plasmar ideas, desarrollarlas acordemente y darles profundidad y escala a todos esos planteamientos –ya sea a través de personajes, decorados, lenguaje cinematográfico, etcétera–. Hasta hace un par de días sólo El prisionero de Azkaban había aportado a dicho cometido de una manera sólida y concisa, pero La orden del Fénix, sin duda, lo lleva a un nivel superior.

De todos los libros el Fénix es, hasta el momento, el más largo de todos –llegando casi a las 900 páginas–. De todas las películas, en cambio, es la de menor duración –con un estimado de 138 minutos–. Dudo mucho que exista una relación entre tiempo de duración real y calidad cinematográfica, tomando en cuenta, además, que en esta última intervienen un considerable número de variables; pero en un caso hipotético –y para fines ilustrativos y prácticos de este comentario– la saga de Harry Potter podría ser un interesante ejemplo, pues de todas las que van hasta la fecha La orden del Fénix es, sin duda, la mejor de todas –y en casi todos los aspectos–. Pero lo que sí deja entrever el asunto es la necesidad de sintetizar y extraer lo más primordial del material original (tanto en términos del mundo creado por la escritora como los planteamientos clave que dibuja).

Ese proceso adaptativo es bastante complejo, pues entran en juego no sólo los intereses artísticos del guionista, sino que los mismos estudios productores y la propia escritora pueden entrometerse y minimizar los riegos creativos que se puedan tomar (con tal de mantenerse a un nivel seguro para satisfacer a los fanáticos). Steve Kloves, guionista de las cuatro anteriores, comprendió que una adaptación casi literal de los libros (como sucedió con los primeros dos capítulos) no era lo más adecuado en términos creativos (lo demostró con Azkaban). Ahora, con el cambio de guionista, también existe –por los mismos comentarios de los lectores del libro– una considerable omisión de varios pasajes del texto progenitor (¡y como no!... con casi 900 páginas es absolutamente comprensible). Pero eso es un aspecto básico y natural de casi todo proceso de adaptación. Hay que sintetizar, quitar un personaje, unir otros, omitir escenas, crear nuevas, etcétera. Pero lo que hace el nuevo guionista es más importante aún: no sólo sintetiza, sino que le da una dimensión dramática al material como ninguna otra de sus predecesoras.

Aquí finalmente suceden dos cosas. La primera es que no existe tanta distracción por conocer el mundo mágico de Potter y las criaturas que lo habitan. En las entregas anteriores se gastó mucho tiempo en secuencias de relleno visual que no aportaron mayor cosa al relato (el mejor ejemplo son las pruebas realizadas en El Cáliz de fuego). Si bien es cierto hay que ir presentando el contexto geográfico del asunto (pues es parte del paquete), también hay que saber balancear esos elementos con el desarrollo de la historia y los personajes, lo cual ha sucedido de manera desproporcional si me preguntan. Y la segunda es que por fin se evidencia –de una manera solvente– el conflicto interno de Potter: su transición hacia la adolescencia, la lucha mental entre el bien y el mal, la perspectiva más adulta de su propósito y sus implicaciones, etcétera.

Además, por fin se comienzan a mostrar rasgos del “gran mago” que desde el inicio se nos insinuó (y que después de cuatro años de escuela no pasaba de chamuscar un arbolito con su varita mágica). La faceta de maestro, por ejemplo, le provee una dimensión dramática muy sólida (recordar la escena en la que explica a sus potenciales alumnos la diferencia entre la inofensiva teoría que les enseñan en la escuela en contraste con la cruel realidad que los espera afuera). Ver a Potter dirigir y enseñar es una clara muestra de su evolución como mago y como individuo. Enhorabuena por los personajes.

Los tintes políticos, las conspiraciones, las asociaciones clandestinas y otros temas similares también le otorgan un marco narrativo mucho más atractivo y dinámico. La incursión de la suma inquisidora Dolores Umbridge (Imelda Staunton) es simplemente un deleite por la interpretación de la inglesa –ciertamente es un personaje que hostiga al espectador con su rechinante sonrisa y sus métodos ‘medievales’ de enseñanza pero que, después de todo, cumple milimetradamente su función gracias al portentoso trabajo de Staunton–. Ningún otro personaje dentro del universo de Potter ha marcado tanto impacto como profesor de defensa contra las artes oscuras. Les recomiendo también ver a Imelda y su soberbia interpretación en Vera Drake, del inglés Mike Leigh.

El avance de cine puede dar la impresión de que el filme es un trabajo frenético lleno de secuencias de acción y batalla, pero resulta ser más sereno e intimista –con algunos momentos de agitación clandestina por supuesto–, permitiéndole al guionista desarrollar pasajes tan sobresalientes como los protagonizados por Luna Lovegood (Evanna Lynch), la cual es, sencillamente, el personaje secundario más fascinante de toda la franquicia después de Albus Dumbledore.

Si a eso le añaden un cuidado uso de la partitura musical (en lo personal una de las mejores del último lustro), la intensa y explosiva batalla entre Dumbledore y Lord Voldermort, el mejor desarrollo del personaje de Sirius Black y, si lo desean, el primer beso de Harry (para los más quisquillosos), el resultado es un filme muy bien estructurado que dosifica en buena medida el contenido dramático haciendo lo que sus predecesoras no lograron: focalizarse en el drama interno del protagonista y mostrar convincentemente su evolución. Es una lástima que hasta la quinta película venga a suceder con esa intensidad y precisión, pero a estas alturas no me queda duda que La orden del Fénix es, por mucho, la mejor de la saga. Muy buena película.


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